En el año 2000 no había navegado
ni siquiera un minuto de mi vida e igualmente entre amigos hablaba
sobre el tema. Pensé que con el programita explicativo que
me había 'mamado' en la TV bastaba. Algo así como ver
a un cocinero preparando arroz a la valenciana y después contar
que uno también lo sabe hacer. Una falta de respeto a la cordura.
Hoy puedo hablar con propiedad del tema. Desde esa fecha y disciplinadamente
he acumulado en mi cuerpo un promedio de 12 horas diarias de la tonterita.
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directo a la 'papa'.
La Máquina
Recuerdo ese glorioso octubre de 1999, para
ser específico el día de mi cumpleaños, listo
para cambiar de siglo, cuando desembalé mi PC con olorcito
a nuevo, equipado con un poderoso Pentium 2 y apenas 32 Megabytes
de memoria RAM, que con suerte y totalmente 'a fondo' procesaba
a 400 Mhz. Pasaron 5 años y, un aparato así, ya no
era más que el clásico 'chanta'. Por fuera se ve
igual que uno potente: partida de caballo inglés y llegada
de burro. Para los entendidos un verdadero cachivache de marca,
más viejo que el hilo negro.
La Conexión
Tuve que analizar concienzudamente el dinero que
me exponía a botar. En ese entonces cada minuto de navegación
costaba el mismo precio que un minuto de conversación telefónica.
Sin embargo, a poco andar, y de un día para otro, ya se navegaba
a mitad de precio. De la banda ancha ni hablar, en esa época
no la conocíamos ni en película.
El Verdadero Escéptico
A tanto llega el escepticismo, que cuando aparece
algo inesperado, ni ver para creer le sirve a uno. Al momento de
lograr mi primera conexión pude comprobarlo. Mi "estrechus
intelectus" no quería admitir que era realidad lo que
estaba viendo. Mi procesador interno rehusaba aceptar que a través
del teléfono se pueden ver imágenes. Tuve que retirar
el conector, desde la caja en el muro, para sentir un 'placercito'
escondido: lo había logrado. Entendí que era cierto
que esas páginas llenas de zonas sensibles, provenientes de
todo el mundo, acataban órdenes de mi cliqueo.
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